Hola a todos,
Finalmente, de las muchas opciones para publicar una novela sólo nos resta hablar de la autopublicación. A estas alturas, después de haber enviado manuscritos a una docena de editoriales y haber hecho spam con otros tantos agentes literarios, uno de los temas que bullen en nuestra cabeza mientras esperamos comiéndonos las uñas a que nos contesten es la posibilidad de autopublicar.
Autopublicar tiene una ventaja fundamental. No necesitamos a nadie, ni editoriales, ni agentes, ni nada de nada. Basta entrar en una de las webs que se dedican a ello (www.bubok.com o www.lulu.com, por ejemplo) y en un abrir y cerrar de ojos tendremos a nuestra disposición una forma rápida de conseguir nuestro libro impreso en papel a precios razonables. Este tipo de webs que ofrecen servicios de autopublicación disponen de tutoriales de uso e, incluso, de simuladores que nos ofrecen una aproximación de los precios de coste de nuestra futura obra, en función del tipo de papel utilizado, el tipo de cubierta, el número de hojas que componen el libro, etc. La rapidez que permite internet para la edición del libro ofrece la posibilidad de recibir un paquete en casa con los ejemplares impresos en unas semanas, mientras que cualquier proyecto en una editorial no baja de seis meses.
Ahora las pegas. La primera es la más obvia e importante, con esta alternativa no llegaremos al mercado. Pasaremos de ser autores desconocidos con un manuscrito a ser autores desconocidos con un centenar de libros ocupando sitio en casa. Es así de simple.
Si vuestra meta es ver vuestro libro impreso para regalárselo a familiares y amigos, sin ningún tipo de ambición adicional, autopublicar es una buena opción. Para cualquier otra cosa olvidaros. Basta con que os hagáis una sencilla pregunta: ¿A cuántos conocéis que hayan entrado en las webs de Bubok o Lulú a comprar un libro? Yo a nadie. Pese a que las webs te ofrezcan la posibilidad de disponer de una tienda virtual en la que vender vuestras novelas, dos cosas dan al traste con cualquier opción de venta. La primera es la cantidad de títulos publicados de esta forma. La propia Lulú comenta en su web que dispone de 1000 nuevos títulos diarios ¡¡¡1000 diarios!!! ¿Quién va a elegir vuestra libro entre los más de un millón que ofrece la web? La segunda piedra en el camino son los costes de envío, que convierten un libro que debería ser barato en algo casi tan costoso como un best-seller.
La alternativa a esta casi absoluta seguridad de no vender más que un puñado de ejemplares, se centra en que el propio autor se convierta en vendedor, comprando un lote de libros y endosándoselos a familiares, amigos y conocidos. Esta opción es factible, pero por mucho que nos llevemos fenomenal con la gente de Facebook, no creo que nadie pueda colocar más de doscientos o trescientos ejemplares (y eso los que sean muy sociables). No penséis haceros ricos con ello.
Por otro lado, encargarte personalmente de realizar la distribución a través de librerías conlleva todo tipo de problemas. El primero de los cuales sería, con toda probabilidad, tener que darse de alta como autónomo, con todo lo que conlleva. Eso si encontramos alguna librería dispuesta a tomarse la molestia de trabajar con nosotros. Aún así, si conseguimos salvar este obstáculo, eso sólo nos garantiza que nuestro libro se encuentre en un puñado de librerías de nuestra ciudad de origen. Si queremos llegar a más sitios deberíamos contactar con una distribuidora seria, lo cual conlleva gastos, tiempo, etc. Si nos dedicamos a esto ¿cuándo vamos a escribir?
En definitiva, la autopublicación sólo se la recomendaría a esas personas que quieren ver su libro en papel por satisfacción personal, a los que no les importa que su obra no salga nunca del círculo más íntimo de amigos y familiares. Para cualquier otro, mejor abstenerse. Al menos esa es mi opinión.
Un saludo
lunes, 28 de junio de 2010
lunes, 21 de junio de 2010
Cómo publicar una novela III
Hola a todos,
Recogiendo el testigo de la semana pasada, hoy toca hablar de los agentes literarios. En pocas palabras, un agente es una persona que trabaja colocando novelas en las editoriales y cobrando una comisión al autor por ello.
Un agente hace por nosotros lo que os adelantaba cuando hablaba de enviar manuscritos a las editoriales. Cuando decide representar nuestra novela el agente se dedica a llamar a las puertas de las editoriales para intentar venderla, sólo que el agente tiene contactos que garantizan que lo que él lleva sí será leído con atención. Tener un agente no garantiza que nos vayan a publicar, pero nos da muchas posibilidades, pues ellos llegan a donde nosotros, simples desconocidos, no. Obviamente, también realizan otro tipo de labores, como negociar el contrato con la editorial, revisar los derechos de autor, etc... aunque lo que ahora nos interesa, como autores noveles, es colocar nuestro flamante manuscrito. Por otro lado, un agente literario también es una especie de filtro. Dado que viven de su profesión, están en constante contacto con el mercado, por lo que, la aceptación de un manuscrito por parte de un agente literario es una buena demostración de que puede funcionar comercialmente y de que, por tanto, puede ser publicado.
Sin embargo, no todo son luces en este panorama, también hay sombras. La más básica es el dinero. Los agentes literarios viven de su profesión, por lo que, en primer lugar, sólo aceptarán representar novelas con las que prevean un beneficio económico. Si les envías un manuscrito de calidad literaria excepcional, verdadera joya de las letras, pero que no tiene mercado comercial, lo más probable es que te lo devuelvan. Por otro lado, si consigues que un agente literario acceda a representar tu novela no te va a salir gratis. Los beneficios del agente salen de la parte del autor. Por lo que parece, el porcentaje que cobran sobre lo que ganas ronda el 15% ó el 20% y siempre sobre tus beneficios. Si pretende cobrar antes de que tú ganes nada, malo.
Dicho esto, la cuestión que se plantea es: ¿cómo busco un agente literario? La respuesta puede parecer fácil, pues en internet tenemos un buen número de páginas en las que aparecen listados de los agentes literarios que operan en nuestro país (para muestra un botón: http://www.fuentetajaliteraria.com/recursos/sub_recursos.php?categoria=13) Dado que lo normal es que no tengamos ni idea de cuáles de ellos son los más adecuados, lo más fácil parece ser mirar en blogs o noticias en internet para seleccionar una lista de los agentes a los que nos gustaría enviar nuestro manuscrito. En este punto deberíamos hacer lo mismo que con las editoriales (comprobar forma de contacto, escribir una carta de presentación, adjuntarla junto con el manuscrito o una parte del mismo, etc...)
Sin embargo, en cuanto a agentes literarios se trata me he topado con un problema con el que no había contado. Muchos ya no aceptan manuscritos.
Suena raro, dado que viven de eso, pero parece que la mayoría de los agentes literarios que actualmente operan en España están colapsados de trabajo o representan ya a todos los autores que tienen capacidad de atender.
De la lista de agentes literarios los siguientes no reciben manuscritos por el momento (al menos eso me dijeron hace más o menos un mes) o resultan imposibles de localizar: Claudia Bernaldo de Quirós, Ángeles Martín, ACER, MB, Silvia Bastos, AMV, Bookbank, Schavelzon, Kerrigan Miró, Pontas, Mercedes Casanovas, RDC, Fons y Rodríguez, Virginia López Ballesteros
La agencia IMC y Sandra Bruna aceptan manuscritos, pero tras un informe previo que supone un coste (unos 100 euros si no recuerdo mal) Por lo que comentan en su web o por correo electrónico, realizan un informe del manuscrito que te envían, con recomendaciones, análisis del texto y sugerencias de mejora. Tal vez sea una buena idea para alguien que acaba de comenzar y que aún no ha podido contrastar la calidad de su trabajo, pero a mí me da un poco de escrúpulo comenzar una relación con un agente pasando por caja.
Margarita Perelló afirma aceptar propuestas pero, dado que está sola en su trabajo, tiene muy poco tiempo para evaluarlas, lo que conlleva que cualquier manuscrito que se le envíe tardará en ser respondido.
Del resto de agentes literarios que figuran en la lista sólo he contactado con la agencia de Carmen Balcells, que aún recibe propuestas, dando unos dos meses de plazo para contestar.
En vista del panorama, el problema comienza a ser no ya que nuestro manuscrito disponga de la calidad necesaria, o que resulte comercialmente rentable, sino que alguno de los agentes literarios tenga un hueco para leerse nuestra propuesta y decida representarnos. Por tanto, el primer consejo que os puedo dar es que, antes de enviar vuestros manuscritos, contactéis con los agentes por teléfono o mail para comprobar si aceptan nuevas propuestas. En el caso de que aún lo hagan os indicarán el procedimiento a seguir.
Resulta bastante descorazonador, pero es lo que hay...
Un saludo
Recogiendo el testigo de la semana pasada, hoy toca hablar de los agentes literarios. En pocas palabras, un agente es una persona que trabaja colocando novelas en las editoriales y cobrando una comisión al autor por ello.
Un agente hace por nosotros lo que os adelantaba cuando hablaba de enviar manuscritos a las editoriales. Cuando decide representar nuestra novela el agente se dedica a llamar a las puertas de las editoriales para intentar venderla, sólo que el agente tiene contactos que garantizan que lo que él lleva sí será leído con atención. Tener un agente no garantiza que nos vayan a publicar, pero nos da muchas posibilidades, pues ellos llegan a donde nosotros, simples desconocidos, no. Obviamente, también realizan otro tipo de labores, como negociar el contrato con la editorial, revisar los derechos de autor, etc... aunque lo que ahora nos interesa, como autores noveles, es colocar nuestro flamante manuscrito. Por otro lado, un agente literario también es una especie de filtro. Dado que viven de su profesión, están en constante contacto con el mercado, por lo que, la aceptación de un manuscrito por parte de un agente literario es una buena demostración de que puede funcionar comercialmente y de que, por tanto, puede ser publicado.
Sin embargo, no todo son luces en este panorama, también hay sombras. La más básica es el dinero. Los agentes literarios viven de su profesión, por lo que, en primer lugar, sólo aceptarán representar novelas con las que prevean un beneficio económico. Si les envías un manuscrito de calidad literaria excepcional, verdadera joya de las letras, pero que no tiene mercado comercial, lo más probable es que te lo devuelvan. Por otro lado, si consigues que un agente literario acceda a representar tu novela no te va a salir gratis. Los beneficios del agente salen de la parte del autor. Por lo que parece, el porcentaje que cobran sobre lo que ganas ronda el 15% ó el 20% y siempre sobre tus beneficios. Si pretende cobrar antes de que tú ganes nada, malo.
Dicho esto, la cuestión que se plantea es: ¿cómo busco un agente literario? La respuesta puede parecer fácil, pues en internet tenemos un buen número de páginas en las que aparecen listados de los agentes literarios que operan en nuestro país (para muestra un botón: http://www.fuentetajaliteraria.com/recursos/sub_recursos.php?categoria=13) Dado que lo normal es que no tengamos ni idea de cuáles de ellos son los más adecuados, lo más fácil parece ser mirar en blogs o noticias en internet para seleccionar una lista de los agentes a los que nos gustaría enviar nuestro manuscrito. En este punto deberíamos hacer lo mismo que con las editoriales (comprobar forma de contacto, escribir una carta de presentación, adjuntarla junto con el manuscrito o una parte del mismo, etc...)
Sin embargo, en cuanto a agentes literarios se trata me he topado con un problema con el que no había contado. Muchos ya no aceptan manuscritos.
Suena raro, dado que viven de eso, pero parece que la mayoría de los agentes literarios que actualmente operan en España están colapsados de trabajo o representan ya a todos los autores que tienen capacidad de atender.
De la lista de agentes literarios los siguientes no reciben manuscritos por el momento (al menos eso me dijeron hace más o menos un mes) o resultan imposibles de localizar: Claudia Bernaldo de Quirós, Ángeles Martín, ACER, MB, Silvia Bastos, AMV, Bookbank, Schavelzon, Kerrigan Miró, Pontas, Mercedes Casanovas, RDC, Fons y Rodríguez, Virginia López Ballesteros
La agencia IMC y Sandra Bruna aceptan manuscritos, pero tras un informe previo que supone un coste (unos 100 euros si no recuerdo mal) Por lo que comentan en su web o por correo electrónico, realizan un informe del manuscrito que te envían, con recomendaciones, análisis del texto y sugerencias de mejora. Tal vez sea una buena idea para alguien que acaba de comenzar y que aún no ha podido contrastar la calidad de su trabajo, pero a mí me da un poco de escrúpulo comenzar una relación con un agente pasando por caja.
Margarita Perelló afirma aceptar propuestas pero, dado que está sola en su trabajo, tiene muy poco tiempo para evaluarlas, lo que conlleva que cualquier manuscrito que se le envíe tardará en ser respondido.
Del resto de agentes literarios que figuran en la lista sólo he contactado con la agencia de Carmen Balcells, que aún recibe propuestas, dando unos dos meses de plazo para contestar.
En vista del panorama, el problema comienza a ser no ya que nuestro manuscrito disponga de la calidad necesaria, o que resulte comercialmente rentable, sino que alguno de los agentes literarios tenga un hueco para leerse nuestra propuesta y decida representarnos. Por tanto, el primer consejo que os puedo dar es que, antes de enviar vuestros manuscritos, contactéis con los agentes por teléfono o mail para comprobar si aceptan nuevas propuestas. En el caso de que aún lo hagan os indicarán el procedimiento a seguir.
Resulta bastante descorazonador, pero es lo que hay...
Un saludo
martes, 15 de junio de 2010
Cómo publicar una novela II
Hola a todos.
Siguiendo con el tema del último comentario, hoy toca hablar de las editoriales.
Una vez que tenemos nuestro manuscrito terminado, una de las opciones más obvias para intentar publicarlo consiste en enviarlo a una o varias editoriales directamente, con la esperanza de que se lo lean, les guste y quieran contratarlo.
Ese es el camino que seguí con mi primera novela y, afortunadamente, logré encontrar una editorial que se interesara. Sin embargo, una vez dicho esto, reconozco que es, probablemente, el camino más complicado para un escritor novato.
En cualquier caso, lo primero que debemos hacer si queremos seguir esta senda es elegir las editoriales a las que enviar la novela. Hay cientos de editoriales de todo tipo en nuestro país, pero no es buena idea disparar a todo lo que se mueve, pues muchas editoriales están especializadas, por lo que enviarles una novela cuando, por ejemplo, sólo se dedican al ensayo, no servirá mas que para perder el tiempo.
Una buena idea es pasarse por la Casa del Libro, la FNAC, el Corte Inglés o cualquier librería cercana y observar las editoriales que publican novelas de temática similar a la nuestra (novela histórica, policíaca, romántica....) Ese simple ejercicio nos proporcionará fácilmente una docena de editoriales conocidas en las que nuestra obra podría tener cabida (calidad literaria aparte)
Este sistema tiene una pega, consistente en que la mayoría de las editoriales cuyos libros podemos encontrar en los estantes de novedades de una librería son lo que podríamos denominar 'grandes'. Precisamente, mi impresión es que estas son las editoriales que menos posibilidades proporcionan a los manuscritos que les llegan por correo. Por ello, otra opción es centrarse en editoriales más pequeñas y con menos nombre. Sin embargo, eso suele conllevar, caso de que una de ellas se decida a publicar nuestro libro, menos posibilidades de llegar al gran público. Uno tiene que valorar ambas opciones. En cualquier caso no son excluyentes, y nuestra lista de editoriales puede contener ambos tipos.
El siguiente paso es, con esa lista, adentrarse en la web de cada una de las editoriales. Muchas de ellas disponen de un procedimiento para el envío de manuscritos, ya sea por web o mediante el envío del manuscrito físicamente por correo. En otras no hay nada al respecto, pero siempre disponen de un mail o teléfono de contacto con el que podemos indagar en la editorial si aceptan el envío de manuscritos. Con un poco de paciencia, pronto tendremos una lista de direcciones a las que enviar nuestra primera novela.
Una vez completa la lista el último paso consiste en enviar el manuscrito a todas esas editoriales. En todos los casos, siempre es necesario enviar una carta de presentación adjunta en la que se explica brevemente el interés de publicar la novela, se adjunta una corta sinopsis sobre el libro y se añade información sobre la actividad literaria del autor. No os olvidéis de añadir información de contacto. Yo suelo incluirla en la portada, de forma que con el propio manuscrito la editorial siempre disponga de la posibilidad de contactar conmigo.
Hecho esto, sólo resta esperar.
Algunas editoriales (muy pocas) envían una respuesta acusando recibo del manuscrito, pero lo normal es que sepamos que ha llegado correctamente porque el paquete, o el e-mail no nos llega de vuelta. Una vez en manos de la editorial, lo lógico es que tarden entre dos y seis meses en contestar, si es que contestan, claro, por que la mitad (más o menos) de las editoriales ni siquiera contestan al envío. En esto, como en todo, las hay formales y las hay... bueno, no tan formales. Hay excepciones, pero si en seis o siete meses no tenéis noticias podéis considerar el silencio administrativo como una negativa.
Mi impresión es que, de todos los manuscritos que llegan a las editoriales muchos quedan sin leer. Por ello, una negativa por parte de una editorial (o de diez) no debe desanimaros. Lo primero que debéis tener cuando os dedicáis a la escritura es paciencia, y lo segundo tenacidad. Así que si una editorial os dice que no buscad otra, ellos se lo pierden, ya llorarán cuando os convirtáis en número uno de ventas.
En el caso de que, felizmente, os llamen, una de las cuestiones que en seguida os vendrá a la cabeza es: ¿Querrán publicar la novela con el nombre de otro?
Todo el mundo habla de los famosos 'negros' del mundo literario, y se especula con que tal o cual autor no sería capaz de escribir tan deprisa. Cada uno es muy libre de aceptar un trato así si se lo ofrecen (a mí nadie me habló del tema) pero si queréis mi opinión, salvo necesidad urgente de dinero yo no aceptaría. Como dicen en el anuncio, hay cosas que no tienen precio, y la ilusión de ver tu nombre en la portada de un libro es una de ellas.
Y eso es todo por ahora.
Un saludo
Siguiendo con el tema del último comentario, hoy toca hablar de las editoriales.
Una vez que tenemos nuestro manuscrito terminado, una de las opciones más obvias para intentar publicarlo consiste en enviarlo a una o varias editoriales directamente, con la esperanza de que se lo lean, les guste y quieran contratarlo.
Ese es el camino que seguí con mi primera novela y, afortunadamente, logré encontrar una editorial que se interesara. Sin embargo, una vez dicho esto, reconozco que es, probablemente, el camino más complicado para un escritor novato.
En cualquier caso, lo primero que debemos hacer si queremos seguir esta senda es elegir las editoriales a las que enviar la novela. Hay cientos de editoriales de todo tipo en nuestro país, pero no es buena idea disparar a todo lo que se mueve, pues muchas editoriales están especializadas, por lo que enviarles una novela cuando, por ejemplo, sólo se dedican al ensayo, no servirá mas que para perder el tiempo.
Una buena idea es pasarse por la Casa del Libro, la FNAC, el Corte Inglés o cualquier librería cercana y observar las editoriales que publican novelas de temática similar a la nuestra (novela histórica, policíaca, romántica....) Ese simple ejercicio nos proporcionará fácilmente una docena de editoriales conocidas en las que nuestra obra podría tener cabida (calidad literaria aparte)
Este sistema tiene una pega, consistente en que la mayoría de las editoriales cuyos libros podemos encontrar en los estantes de novedades de una librería son lo que podríamos denominar 'grandes'. Precisamente, mi impresión es que estas son las editoriales que menos posibilidades proporcionan a los manuscritos que les llegan por correo. Por ello, otra opción es centrarse en editoriales más pequeñas y con menos nombre. Sin embargo, eso suele conllevar, caso de que una de ellas se decida a publicar nuestro libro, menos posibilidades de llegar al gran público. Uno tiene que valorar ambas opciones. En cualquier caso no son excluyentes, y nuestra lista de editoriales puede contener ambos tipos.
El siguiente paso es, con esa lista, adentrarse en la web de cada una de las editoriales. Muchas de ellas disponen de un procedimiento para el envío de manuscritos, ya sea por web o mediante el envío del manuscrito físicamente por correo. En otras no hay nada al respecto, pero siempre disponen de un mail o teléfono de contacto con el que podemos indagar en la editorial si aceptan el envío de manuscritos. Con un poco de paciencia, pronto tendremos una lista de direcciones a las que enviar nuestra primera novela.
Una vez completa la lista el último paso consiste en enviar el manuscrito a todas esas editoriales. En todos los casos, siempre es necesario enviar una carta de presentación adjunta en la que se explica brevemente el interés de publicar la novela, se adjunta una corta sinopsis sobre el libro y se añade información sobre la actividad literaria del autor. No os olvidéis de añadir información de contacto. Yo suelo incluirla en la portada, de forma que con el propio manuscrito la editorial siempre disponga de la posibilidad de contactar conmigo.
Hecho esto, sólo resta esperar.
Algunas editoriales (muy pocas) envían una respuesta acusando recibo del manuscrito, pero lo normal es que sepamos que ha llegado correctamente porque el paquete, o el e-mail no nos llega de vuelta. Una vez en manos de la editorial, lo lógico es que tarden entre dos y seis meses en contestar, si es que contestan, claro, por que la mitad (más o menos) de las editoriales ni siquiera contestan al envío. En esto, como en todo, las hay formales y las hay... bueno, no tan formales. Hay excepciones, pero si en seis o siete meses no tenéis noticias podéis considerar el silencio administrativo como una negativa.
Mi impresión es que, de todos los manuscritos que llegan a las editoriales muchos quedan sin leer. Por ello, una negativa por parte de una editorial (o de diez) no debe desanimaros. Lo primero que debéis tener cuando os dedicáis a la escritura es paciencia, y lo segundo tenacidad. Así que si una editorial os dice que no buscad otra, ellos se lo pierden, ya llorarán cuando os convirtáis en número uno de ventas.
En el caso de que, felizmente, os llamen, una de las cuestiones que en seguida os vendrá a la cabeza es: ¿Querrán publicar la novela con el nombre de otro?
Todo el mundo habla de los famosos 'negros' del mundo literario, y se especula con que tal o cual autor no sería capaz de escribir tan deprisa. Cada uno es muy libre de aceptar un trato así si se lo ofrecen (a mí nadie me habló del tema) pero si queréis mi opinión, salvo necesidad urgente de dinero yo no aceptaría. Como dicen en el anuncio, hay cosas que no tienen precio, y la ilusión de ver tu nombre en la portada de un libro es una de ellas.
Y eso es todo por ahora.
Un saludo
miércoles, 9 de junio de 2010
Cómo publicar una novela
Hola a todos.
Dado que tengo un poco abandonado este blog, me he planteado que debería dedicarle algo más de tiempo, así que, como primera medida para revivirlo, he pensado incluir unos comentarios sobre el proceso de publicar, sobre la forma de pasar de una novela en el papel a verla en una librería.
Cuando uno comienza a escribir lo hace llevado por algún tipo de impulso personal. Ese impulso, finalmente, se concreta en una novela, un ensayo, poesía, un guión de cine... Sea cual sea el resultado, antes o después surgirá el gusanillo de la publicación. A veces son los familiares o amigos los que te impulsan a ello después de leerse tu libro. En otros casos es un sentimiento propio, una forma de comprobar si lo que hemos escrito es realmente bueno, lo suficiente como para pasar el filtro de un profesional y entrar en el mercado. En cualquier caso, eso nos llevará a la pregunta inevitable: ¿cómo se publica una novela?
Me centraré en el proceso de publicación de novelas, dado que ya he pasado por esa experiencia. Supongo que para publicar un ensayo o un libro de poesías el proceso será similar.
En fin, vayamos paso a paso:
- En primer lugar, lo primero es registrar la novela. La verdad es que nunca he tenido la impresión de que nadie quisiera robarme mis obras, pero nunca está de más hacer las cosas bien. Registrar una obra es bastante sencillo, basta con llevar un ejemplar impreso y encuadernado (con espiral o canutillo vale, no hace falta ponerle tapas duras) a la oficina del registro de la propiedad más cercano, junto con una fotocopia del DNI. En Madrid se encuentra en la Plaza del Descubridor Diego de Ordás número 3.
Una vez presentado el manuscrito se pagan las tasas (unos 12 euros) y ya está. El registro te entrega un recibo con la fecha de entrada y, meses más tarde, te envía una notificación a casa en la que te indica que tu novela ha quedado registrada. Respecto al trámite en sí es bastante fácil, lo hacen todo los administrativos que te atienden y apenas hay cola, lo único que hay que hacer es firmar el ejemplar en la primera y la última hoja. Tan sólo me indicaron que se complicaba en el caso de poner imágenes, por lo que cuando yo llevé mi novela lo hice sin el plano de Constantinopla que se adjunta en la misma.
- Una vez has presentado el manuscrito en el registro (no hace falta esperar la contestación por carta) comienza la parte difícil, publicar. Las opciones que se presentan son variadas, pero las resumiremos en tres:
1) Buscar directamente una editorial que se interese en el libro
2) Buscar un agente literario
3) Autopublicación
Y, como decían en un,dos,tres hasta aquí puedo leer. En próximos post las iré desgranando una por una, y terminaré con el propio manuscrito, con unos consejillos para tratar de pulirlo antes de presentarlo al mundo. ¡Estad atentos!
Un saludo a todos.
Dado que tengo un poco abandonado este blog, me he planteado que debería dedicarle algo más de tiempo, así que, como primera medida para revivirlo, he pensado incluir unos comentarios sobre el proceso de publicar, sobre la forma de pasar de una novela en el papel a verla en una librería.
Cuando uno comienza a escribir lo hace llevado por algún tipo de impulso personal. Ese impulso, finalmente, se concreta en una novela, un ensayo, poesía, un guión de cine... Sea cual sea el resultado, antes o después surgirá el gusanillo de la publicación. A veces son los familiares o amigos los que te impulsan a ello después de leerse tu libro. En otros casos es un sentimiento propio, una forma de comprobar si lo que hemos escrito es realmente bueno, lo suficiente como para pasar el filtro de un profesional y entrar en el mercado. En cualquier caso, eso nos llevará a la pregunta inevitable: ¿cómo se publica una novela?
Me centraré en el proceso de publicación de novelas, dado que ya he pasado por esa experiencia. Supongo que para publicar un ensayo o un libro de poesías el proceso será similar.
En fin, vayamos paso a paso:
- En primer lugar, lo primero es registrar la novela. La verdad es que nunca he tenido la impresión de que nadie quisiera robarme mis obras, pero nunca está de más hacer las cosas bien. Registrar una obra es bastante sencillo, basta con llevar un ejemplar impreso y encuadernado (con espiral o canutillo vale, no hace falta ponerle tapas duras) a la oficina del registro de la propiedad más cercano, junto con una fotocopia del DNI. En Madrid se encuentra en la Plaza del Descubridor Diego de Ordás número 3.
Una vez presentado el manuscrito se pagan las tasas (unos 12 euros) y ya está. El registro te entrega un recibo con la fecha de entrada y, meses más tarde, te envía una notificación a casa en la que te indica que tu novela ha quedado registrada. Respecto al trámite en sí es bastante fácil, lo hacen todo los administrativos que te atienden y apenas hay cola, lo único que hay que hacer es firmar el ejemplar en la primera y la última hoja. Tan sólo me indicaron que se complicaba en el caso de poner imágenes, por lo que cuando yo llevé mi novela lo hice sin el plano de Constantinopla que se adjunta en la misma.
- Una vez has presentado el manuscrito en el registro (no hace falta esperar la contestación por carta) comienza la parte difícil, publicar. Las opciones que se presentan son variadas, pero las resumiremos en tres:
1) Buscar directamente una editorial que se interese en el libro
2) Buscar un agente literario
3) Autopublicación
Y, como decían en un,dos,tres hasta aquí puedo leer. En próximos post las iré desgranando una por una, y terminaré con el propio manuscrito, con unos consejillos para tratar de pulirlo antes de presentarlo al mundo. ¡Estad atentos!
Un saludo a todos.
domingo, 18 de abril de 2010
Publicación de nueva novela
Hola a todos
¡Por fin! La semana pasada firmé el contrato de mi nueva novela. Si no hay cambio de planes, a partir de noviembre podréis encontrar mi segunda novela histórica en las librerías.
El título de Nueva Roma parece que se ha caído y, finalmente, el que tiene más posibilidades es 'Santa Sofía, el sueño de Justiniano'
Estoy muy ilusionado con esta nueva publicación y estoy seguro de que va a ir fenomenal. Así que, ya sabéis, estas Navidades en cuanto la tengáis en vuestras manos espero que pongáis una entrada en el blog para comentarme qué os ha parecido.
Como avance os pongo aquí la sinopsis que he preparado (está pendiente de revisión, pero creo que la del libro será muy parecida)
Año 532. En el corazón de Constantinopla se alza la iglesia de la divina sabiduría, Santa Sofía. Centro del culto cristiano del imperio, el majestuoso edificio es el orgullo de sus habitantes. Sin embargo, el emperador Justiniano, obsesionado con la idea de recuperar la antigua gloria del imperio romano, forja un secreto pacto con Dios, por el que se le concederá un heredero si construye la mayor basílica jamás concebida en la historia de la humanidad. Pero cumplir con su juramento implica que Justiniano debe destruir la iglesia más querida por los romanos. Para ello, el emperador provoca secretamente una revuelta en la ciudad, una insurrección que le permita destruir la antigua basílica sin que nadie pueda relacionarle con semejante sacrilegio.
En la revuelta se ve implicado Héctor, un antiguo profesor de la Academia ateniense, que malvive como peón junto a Penélope, su mujer. Marginado por la clase alta de la sociedad debido a su pasado pagano, Héctor se convertirá de forma accidental en uno de los líderes de la revuelta. Aprovechando la incendiaria actitud del pueblo, Héctor se unirá a patricios y senadores en una dramática conjura para derribar al emperador. A medida que la espiral de violencia se extiende por Constantinopla, Justiniano observa como la revuelta se le escapa de las manos, poniendo en peligro su trono e, incluso, su propia vida.
Un saludo
¡Por fin! La semana pasada firmé el contrato de mi nueva novela. Si no hay cambio de planes, a partir de noviembre podréis encontrar mi segunda novela histórica en las librerías.
El título de Nueva Roma parece que se ha caído y, finalmente, el que tiene más posibilidades es 'Santa Sofía, el sueño de Justiniano'
Estoy muy ilusionado con esta nueva publicación y estoy seguro de que va a ir fenomenal. Así que, ya sabéis, estas Navidades en cuanto la tengáis en vuestras manos espero que pongáis una entrada en el blog para comentarme qué os ha parecido.
Como avance os pongo aquí la sinopsis que he preparado (está pendiente de revisión, pero creo que la del libro será muy parecida)
Año 532. En el corazón de Constantinopla se alza la iglesia de la divina sabiduría, Santa Sofía. Centro del culto cristiano del imperio, el majestuoso edificio es el orgullo de sus habitantes. Sin embargo, el emperador Justiniano, obsesionado con la idea de recuperar la antigua gloria del imperio romano, forja un secreto pacto con Dios, por el que se le concederá un heredero si construye la mayor basílica jamás concebida en la historia de la humanidad. Pero cumplir con su juramento implica que Justiniano debe destruir la iglesia más querida por los romanos. Para ello, el emperador provoca secretamente una revuelta en la ciudad, una insurrección que le permita destruir la antigua basílica sin que nadie pueda relacionarle con semejante sacrilegio.
En la revuelta se ve implicado Héctor, un antiguo profesor de la Academia ateniense, que malvive como peón junto a Penélope, su mujer. Marginado por la clase alta de la sociedad debido a su pasado pagano, Héctor se convertirá de forma accidental en uno de los líderes de la revuelta. Aprovechando la incendiaria actitud del pueblo, Héctor se unirá a patricios y senadores en una dramática conjura para derribar al emperador. A medida que la espiral de violencia se extiende por Constantinopla, Justiniano observa como la revuelta se le escapa de las manos, poniendo en peligro su trono e, incluso, su propia vida.
Un saludo
jueves, 24 de septiembre de 2009
Prólogo de Nueva Roma
Hola a todos,
¡Por fin! Hace una semanita que finalicé la novela y, aunque el último estirón me ha dejado para el arrastre, estoy como un niño con zapatos nuevos.
Ya sólo me queda recabar algunos comentarios de las personas que se están leyendo el borrador y hacer unos últimos ajustes antes de enviarla a la editorial, esperemos que esta vez de en el clavo.
Y como lo prometido es deuda, aquí tenéis el prólogo, espero que lo disfrutéis, dejéis vuestros comentarios y, sobre todo, que os pique el gusanillo para cuando llegue la novela:
Destacando contra el horizonte, la silueta de la gran basílica de Santa Sofía se vislumbraba claramente a través de la ventana. El tejado a dos aguas que coronaba la nave central mostraba un oscuro tono grisáceo, iluminado por la claridad de la luna, atrayendo la mirada del emperador como si de un nuevo faro se tratase.
Desde el estrecho mirador en lo alto de la cúpula del Octagon, los pardos ojos del emperador miraban hacia el norte, por encima de los rojizos tejados de los edificios palaciegos y de las cúpulas que coronaban los baños de Zeuxipo. Posada en la basílica, su mirada mostraba esa extraña mezcla de vivacidad y melancolía que tan sólo la presencia de Teodora, su esposa, conseguía aliviar.
Se llamaba Flavio Pedro Sabatio, aunque eran pocos los que recordaban su nombre, y menos los que osaban utilizarlo. Incluso para él mismo, decidido a olvidar su humilde origen, aquellas tres palabras casi carecían de significado. Para la historia sería tan sólo Justiniano.
Un ruido le hizo volver la cabeza, desviando su vista de la ventana. Veinte codos más abajo, en el centro de la sala, iluminada por la titilante luz que emitía el prendido aceite de ocho amplios braseros de bronce labrado, uno de los criados eunucos de palacio elevaba los ojos hacia él. Desde su posición, el esclavo tan sólo podía observar la oscura forma de la clámide púrpura del emperador moviéndose entre las sombras del techo, al trasluz de los anchos ventanales que se dibujaban en el tambor de la estrecha cúpula octogonal. El sirviente se persignó antes de realizar una apresurada reverencia y huir, más que retirarse, con el rostro lívido.
Justiniano era consciente de los rumores que circulaban entre la servidumbre del palacio. Sus frecuentes paseos a altas horas de la noche despertaban innumerables comentarios, así como un sin fin de risibles cuentos, en los que su cabeza desaparecía mientras caminaba, o su rostro se transformaba en una pálida tez carente de rasgos humanos. La pueril imaginación de los esclavos suponía un fértil terreno para leyendas sobre el diablo. Sin embargo, ninguno de ellos podría entender el por qué de su insomnio, de sus interminables días enterrado en la burocracia del estado, de su continuo ensimismamiento.
Desde su elevada posición observó el suelo de la amplia sala, vacía tras la veloz salida del funcionario. Un inmenso mosaico de diminutas teselas ocupaba casi todo el espacio, rodeado por un ancho círculo de motivos florales. Sobre el pavimento, los musivaras habían dibujado una excelente vista de Constantinopla, un triángulo de abigarradas construcciones de piedra y mármol rodeado por pequeñas ondas azuladas. En primer plano, a un lado de la detallada representación, un orgulloso Constantino marcaba los límites de su nueva Roma con una lanza.
El emperador clavó los ojos en aquel rostro minuciosamente definido sin poder evitar un destello de envidia, envidia por la fama de grandeza que Constantino había dejado a la posteridad, envidia por haber sabido vencer a la muerte legando al futuro la mayor ciudad sobre la tierra.
A lo largo de los siglos, muchos hombres habían ocupado el solio imperial. De la mayoría tan sólo restaban viejas estatuas o un simple nombre en un papiro olvidado en el fondo de un inmenso archivo. Apenas un puñado permanecía en la mente del pueblo, recordados por la historia.
Desde el día en que ascendió al poder, Justiniano se había jurado a sí mismo que no sería uno más en aquella lista. Para el vulgo no existía peldaño más alto que envolverse en la púrpura. Sin embargo, para quién se había criado desde joven para ser emperador, la realeza no bastaba por sí misma. Necesitaba más.
Desde su juventud se sentía predestinado a ocupar un puesto junto a César, Augusto, Trajano o el mismo Constantino. Disponía de cuantas aptitudes personales se precisaban para ello: fe inquebrantable en el Señor, ambición, infatigable disposición para el trabajo, paciencia para conseguir sus fines y una clara idea de lo que debía hacer.
Dios le había agraciado con la diadema de emperador poniéndole al frente de un imperio mutilado. La parte occidental del otrora glorioso estado romano se hallaba sojuzgada por pueblos bárbaros. Hispania, Galia, Britania… La propia Roma se encontraba al arbitrio de las huestes de los ostrogodos.
Lo que para hombres débiles e inconstantes suponía una terrible desventaja frente a sus antecesores, para Justiniano representaba una descomunal oportunidad. Desde el día que se sentó en el trono supo cuál sería su destino. Refundar el imperio. Si Constantino pasó a la historia por crear una nueva ciudad, él sería recordado por crear un nuevo imperio, una nueva Roma.
Durante años había trabajado con ese objetivo en mente, trazando planes, amasando dinero y recursos, estudiando cuidadosamente los pasos a seguir. Por fin, se encontraba en disposición de colocar la primera piedra del camino que le llevaría a la grandeza. Recuperaría uno por uno todos los territorios que las hordas germanas les habían arrebatado, aquellos que por justicia le pertenecían. Unificaría de nuevo el imperio, tras medio siglo de disgregación.
Pero eso no era suficiente.
Su nueva Roma necesitaría nuevas leyes, nuevos códigos que adaptaran la antigua legislación. Por ello, se había lanzado a la ingente tarea de recoger y catalogar todas las leyes existentes en el imperio desde los tiempos de Adriano, condensándolas en un código legal único, algo nunca visto antes. Un gobierno, una ley.
Pero tampoco era suficiente.
Roma había cambiado. El imperio había aceptado la luz del cristianismo, empapándose de la verdadera fe gracias al esfuerzo del fundador de Constantinopla. Justiniano había favorecido la religión luchando denodadamente contra los enemigos de la ortodoxia, así como dedicando enormes sumas a la reparación de las antiguas iglesias y basílicas, al mismo tiempo que levantaba nuevos templos para glorificar al Señor.
Aún así, no era suficiente.
La realidad era tozuda. A pesar de los esfuerzos, de las batallas, del apoyo a la iglesia o de la justicia, una idea oprimía su alma, empujándole a interminables noches de insomnio, deambulando por el palacio como un fantasma incapaz de descansar. Cada vez que su imaginación le permitía rozar su sueño con la punta de los dedos, un triste pensamiento se adueñaba de su mente, el de que su nueva Roma perecería con él.
Tras casi ocho años de matrimonio con su amada Teodora el Señor aún no les había concedido la bendición de un hijo, de un heredero que consolidara su obra. Cada mes, Justiniano ansiaba escuchar de labios de su esposa la feliz noticia y, cada mes, el sangriento mensajero del fracaso acudía puntualmente a su sombría cita. Poco a poco, el emperador veía cómo la arena se escurría entre sus dedos, lenta pero inexorablemente. El tiempo se agotaba.
Tan sólo un hijo propio, educado exhaustivamente desde su nacimiento, sería capaz de comprender y proseguir la ingente tarea que legaría a su muerte. La cabeza de Justiniano rebosaba de planes para renovar el decaído imperio romano, para devolver a Roma el lugar que le correspondía como dueña y señora del mundo, para levantar de sus cenizas el orden que había reinado en la antigüedad. Pero, sin un hijo varón, todo cuanto consiguiera sería inútil.
Justiniano era consciente de las terribles luchas de poder que habían desangrado al imperio cada vez que el trono quedaba vacante. Sin heredero, la guerra civil devoraría cualquier avance logrado durante su vida. Las conquistas se perderían, a medida que los soldados se apartaran de las fronteras para luchar en pro de uno u otro candidato al trono. La ley caería en desuso, pues la justicia no existe en un mundo envuelto en la guerra, y las herejías se multiplicarían libremente en medio del caos. Roma ya había caído una vez víctima de las incesantes luchas internas, y Justiniano no soportaba la idea de que eso mismo le pasara al renovado imperio que estaba proyectando.
Tras soportar el incesante goteo de médicos augurando remedios infalibles con los que conseguir la ansiada concepción, el emperador se había convencido de que tan sólo el Señor sería capaz de concederle su anhelo. Al igual que a la bíblica Isabel, el Todopoderoso podía insuflar vida en el vientre de su esposa con un simple soplo de su gracia, pero el tiempo pasaba y nada ocurría. Cada noche sus preocupaciones vencían al sueño, obligándole a abandonar el lecho en una continua penitencia a través de los vacíos pasillos del Gran Palacio, con una pregunta resonando en su cabeza: ¿por qué?
No entendía por qué Dios le castigaba con la esterilidad, a él, que no era otra cosa que su representante en la tierra. Y aunque no encontraba falta alguna en su comportamiento que pudiera penarse con tan cruel castigo, buscaba una y otra vez una forma de expiar sus pecados, una ofrenda que le congraciara con el Altísimo. Pero su mente se encontraba tan estéril de ideas como su matrimonio. No era capaz de encontrar la manera de congraciarse con el Señor, de ofrecerle algo digno de su infinita gloria.
Su mirada continuó deslizándose por el mosaico, en un vano intento de distraer su cabeza de la carga que oprimía su pensamiento. Recorrió con los ojos las duras facciones de Constantino, en las que se insertaba una ligera sonrisa. Al verla parecía mostrar el momento en que se daba cuenta de que aquel gesto le convertiría en inmortal.
Justiniano, a diferencia de sus insignes predecesores, parecía incapaz de sustraerse a ese acervo destino, que lo empujaba a diluirse con el tiempo, desapareciendo de la frágil memoria de la historia hasta convertirse en un puñado de líneas garabateadas sobre vetustos papiros. Mientras lo miraba, Justiniano tenía la sensación de que Constantino se reía de él, despreciándole por su vano intento de igualarle. Hasta un simple mosaico le ofrecía la sensación de que la gloria de su reinado finalizaría con su muerte.
Con un suspiro de abatimiento desvió la vista del suelo, recuperando su posición frente a la ventana, como si quisiera comparar la realidad con las figuras que se detallaban en el decorado pavimento del Octagon. Necesitaba una obra grandiosa e inigualable, una ofrenda al Señor que pudiera convertirse en el símbolo de la renovación del imperio, del nacimiento de la nueva Roma cristiana que traería su reinado. La mejor manera de glorificar al Altísimo para que le concediera el don de un hijo no era otra que la de aunar el pasado imperial con la verdadera religión, con la verdadera fe. Ese era el símbolo que necesitaba, el viejo y el nuevo mundo unidos para formar un nuevo comienzo, un nuevo amanecer. Sólo eso complacería lo suficiente a Dios como para que le concediera el don de un hijo.
Cada noche buscaba entre las sombras la inspiración divina, una señal del Señor que le mostrara el camino. Y, sin embargo, el cielo mantenía su mutismo.
A través de la ventana la oscuridad parecía engullirlo todo. Las únicas luces que se mostraban ante sus ojos eran las de la casa de las lámparas, el almacén de seda del palacio, donde los braseros nunca se apagaban.
Una trémula plegaria surgió de los labios de Justiniano, una súplica. Como cada noche, rezó al Creador para que le iluminara.
Cuando aquella vez recibió una respuesta apenas podía creerlo.
Una estrella se deslizó por el cielo, elevándose por encima de la gran basílica de Santa Sofía, descendiendo directamente sobre la iglesia hasta desaparecer en un estallido de luz. Dios por fin le indicaba el camino. Bastó un parpadeo para que Justiniano comprendiera lo que debía hacer. El fuego del Señor sería su guía, y del fuego surgiría su legado.
Cayendo de rodillas, el emperador elevó sus ojos hacia el cielo, para después depositar su mirada en Santa Sofía, preguntándose de qué manera el Altísimo estaría disponiendo las piezas para ayudar a su siervo a cumplir con sus designios.
¡Por fin! Hace una semanita que finalicé la novela y, aunque el último estirón me ha dejado para el arrastre, estoy como un niño con zapatos nuevos.
Ya sólo me queda recabar algunos comentarios de las personas que se están leyendo el borrador y hacer unos últimos ajustes antes de enviarla a la editorial, esperemos que esta vez de en el clavo.
Y como lo prometido es deuda, aquí tenéis el prólogo, espero que lo disfrutéis, dejéis vuestros comentarios y, sobre todo, que os pique el gusanillo para cuando llegue la novela:
Constantinopla, 1 de Enero de 532
Destacando contra el horizonte, la silueta de la gran basílica de Santa Sofía se vislumbraba claramente a través de la ventana. El tejado a dos aguas que coronaba la nave central mostraba un oscuro tono grisáceo, iluminado por la claridad de la luna, atrayendo la mirada del emperador como si de un nuevo faro se tratase.
Desde el estrecho mirador en lo alto de la cúpula del Octagon, los pardos ojos del emperador miraban hacia el norte, por encima de los rojizos tejados de los edificios palaciegos y de las cúpulas que coronaban los baños de Zeuxipo. Posada en la basílica, su mirada mostraba esa extraña mezcla de vivacidad y melancolía que tan sólo la presencia de Teodora, su esposa, conseguía aliviar.
Se llamaba Flavio Pedro Sabatio, aunque eran pocos los que recordaban su nombre, y menos los que osaban utilizarlo. Incluso para él mismo, decidido a olvidar su humilde origen, aquellas tres palabras casi carecían de significado. Para la historia sería tan sólo Justiniano.
Un ruido le hizo volver la cabeza, desviando su vista de la ventana. Veinte codos más abajo, en el centro de la sala, iluminada por la titilante luz que emitía el prendido aceite de ocho amplios braseros de bronce labrado, uno de los criados eunucos de palacio elevaba los ojos hacia él. Desde su posición, el esclavo tan sólo podía observar la oscura forma de la clámide púrpura del emperador moviéndose entre las sombras del techo, al trasluz de los anchos ventanales que se dibujaban en el tambor de la estrecha cúpula octogonal. El sirviente se persignó antes de realizar una apresurada reverencia y huir, más que retirarse, con el rostro lívido.
Justiniano era consciente de los rumores que circulaban entre la servidumbre del palacio. Sus frecuentes paseos a altas horas de la noche despertaban innumerables comentarios, así como un sin fin de risibles cuentos, en los que su cabeza desaparecía mientras caminaba, o su rostro se transformaba en una pálida tez carente de rasgos humanos. La pueril imaginación de los esclavos suponía un fértil terreno para leyendas sobre el diablo. Sin embargo, ninguno de ellos podría entender el por qué de su insomnio, de sus interminables días enterrado en la burocracia del estado, de su continuo ensimismamiento.
Desde su elevada posición observó el suelo de la amplia sala, vacía tras la veloz salida del funcionario. Un inmenso mosaico de diminutas teselas ocupaba casi todo el espacio, rodeado por un ancho círculo de motivos florales. Sobre el pavimento, los musivaras habían dibujado una excelente vista de Constantinopla, un triángulo de abigarradas construcciones de piedra y mármol rodeado por pequeñas ondas azuladas. En primer plano, a un lado de la detallada representación, un orgulloso Constantino marcaba los límites de su nueva Roma con una lanza.
El emperador clavó los ojos en aquel rostro minuciosamente definido sin poder evitar un destello de envidia, envidia por la fama de grandeza que Constantino había dejado a la posteridad, envidia por haber sabido vencer a la muerte legando al futuro la mayor ciudad sobre la tierra.
A lo largo de los siglos, muchos hombres habían ocupado el solio imperial. De la mayoría tan sólo restaban viejas estatuas o un simple nombre en un papiro olvidado en el fondo de un inmenso archivo. Apenas un puñado permanecía en la mente del pueblo, recordados por la historia.
Desde el día en que ascendió al poder, Justiniano se había jurado a sí mismo que no sería uno más en aquella lista. Para el vulgo no existía peldaño más alto que envolverse en la púrpura. Sin embargo, para quién se había criado desde joven para ser emperador, la realeza no bastaba por sí misma. Necesitaba más.
Desde su juventud se sentía predestinado a ocupar un puesto junto a César, Augusto, Trajano o el mismo Constantino. Disponía de cuantas aptitudes personales se precisaban para ello: fe inquebrantable en el Señor, ambición, infatigable disposición para el trabajo, paciencia para conseguir sus fines y una clara idea de lo que debía hacer.
Dios le había agraciado con la diadema de emperador poniéndole al frente de un imperio mutilado. La parte occidental del otrora glorioso estado romano se hallaba sojuzgada por pueblos bárbaros. Hispania, Galia, Britania… La propia Roma se encontraba al arbitrio de las huestes de los ostrogodos.
Lo que para hombres débiles e inconstantes suponía una terrible desventaja frente a sus antecesores, para Justiniano representaba una descomunal oportunidad. Desde el día que se sentó en el trono supo cuál sería su destino. Refundar el imperio. Si Constantino pasó a la historia por crear una nueva ciudad, él sería recordado por crear un nuevo imperio, una nueva Roma.
Durante años había trabajado con ese objetivo en mente, trazando planes, amasando dinero y recursos, estudiando cuidadosamente los pasos a seguir. Por fin, se encontraba en disposición de colocar la primera piedra del camino que le llevaría a la grandeza. Recuperaría uno por uno todos los territorios que las hordas germanas les habían arrebatado, aquellos que por justicia le pertenecían. Unificaría de nuevo el imperio, tras medio siglo de disgregación.
Pero eso no era suficiente.
Su nueva Roma necesitaría nuevas leyes, nuevos códigos que adaptaran la antigua legislación. Por ello, se había lanzado a la ingente tarea de recoger y catalogar todas las leyes existentes en el imperio desde los tiempos de Adriano, condensándolas en un código legal único, algo nunca visto antes. Un gobierno, una ley.
Pero tampoco era suficiente.
Roma había cambiado. El imperio había aceptado la luz del cristianismo, empapándose de la verdadera fe gracias al esfuerzo del fundador de Constantinopla. Justiniano había favorecido la religión luchando denodadamente contra los enemigos de la ortodoxia, así como dedicando enormes sumas a la reparación de las antiguas iglesias y basílicas, al mismo tiempo que levantaba nuevos templos para glorificar al Señor.
Aún así, no era suficiente.
La realidad era tozuda. A pesar de los esfuerzos, de las batallas, del apoyo a la iglesia o de la justicia, una idea oprimía su alma, empujándole a interminables noches de insomnio, deambulando por el palacio como un fantasma incapaz de descansar. Cada vez que su imaginación le permitía rozar su sueño con la punta de los dedos, un triste pensamiento se adueñaba de su mente, el de que su nueva Roma perecería con él.
Tras casi ocho años de matrimonio con su amada Teodora el Señor aún no les había concedido la bendición de un hijo, de un heredero que consolidara su obra. Cada mes, Justiniano ansiaba escuchar de labios de su esposa la feliz noticia y, cada mes, el sangriento mensajero del fracaso acudía puntualmente a su sombría cita. Poco a poco, el emperador veía cómo la arena se escurría entre sus dedos, lenta pero inexorablemente. El tiempo se agotaba.
Tan sólo un hijo propio, educado exhaustivamente desde su nacimiento, sería capaz de comprender y proseguir la ingente tarea que legaría a su muerte. La cabeza de Justiniano rebosaba de planes para renovar el decaído imperio romano, para devolver a Roma el lugar que le correspondía como dueña y señora del mundo, para levantar de sus cenizas el orden que había reinado en la antigüedad. Pero, sin un hijo varón, todo cuanto consiguiera sería inútil.
Justiniano era consciente de las terribles luchas de poder que habían desangrado al imperio cada vez que el trono quedaba vacante. Sin heredero, la guerra civil devoraría cualquier avance logrado durante su vida. Las conquistas se perderían, a medida que los soldados se apartaran de las fronteras para luchar en pro de uno u otro candidato al trono. La ley caería en desuso, pues la justicia no existe en un mundo envuelto en la guerra, y las herejías se multiplicarían libremente en medio del caos. Roma ya había caído una vez víctima de las incesantes luchas internas, y Justiniano no soportaba la idea de que eso mismo le pasara al renovado imperio que estaba proyectando.
Tras soportar el incesante goteo de médicos augurando remedios infalibles con los que conseguir la ansiada concepción, el emperador se había convencido de que tan sólo el Señor sería capaz de concederle su anhelo. Al igual que a la bíblica Isabel, el Todopoderoso podía insuflar vida en el vientre de su esposa con un simple soplo de su gracia, pero el tiempo pasaba y nada ocurría. Cada noche sus preocupaciones vencían al sueño, obligándole a abandonar el lecho en una continua penitencia a través de los vacíos pasillos del Gran Palacio, con una pregunta resonando en su cabeza: ¿por qué?
No entendía por qué Dios le castigaba con la esterilidad, a él, que no era otra cosa que su representante en la tierra. Y aunque no encontraba falta alguna en su comportamiento que pudiera penarse con tan cruel castigo, buscaba una y otra vez una forma de expiar sus pecados, una ofrenda que le congraciara con el Altísimo. Pero su mente se encontraba tan estéril de ideas como su matrimonio. No era capaz de encontrar la manera de congraciarse con el Señor, de ofrecerle algo digno de su infinita gloria.
Su mirada continuó deslizándose por el mosaico, en un vano intento de distraer su cabeza de la carga que oprimía su pensamiento. Recorrió con los ojos las duras facciones de Constantino, en las que se insertaba una ligera sonrisa. Al verla parecía mostrar el momento en que se daba cuenta de que aquel gesto le convertiría en inmortal.
Justiniano, a diferencia de sus insignes predecesores, parecía incapaz de sustraerse a ese acervo destino, que lo empujaba a diluirse con el tiempo, desapareciendo de la frágil memoria de la historia hasta convertirse en un puñado de líneas garabateadas sobre vetustos papiros. Mientras lo miraba, Justiniano tenía la sensación de que Constantino se reía de él, despreciándole por su vano intento de igualarle. Hasta un simple mosaico le ofrecía la sensación de que la gloria de su reinado finalizaría con su muerte.
Con un suspiro de abatimiento desvió la vista del suelo, recuperando su posición frente a la ventana, como si quisiera comparar la realidad con las figuras que se detallaban en el decorado pavimento del Octagon. Necesitaba una obra grandiosa e inigualable, una ofrenda al Señor que pudiera convertirse en el símbolo de la renovación del imperio, del nacimiento de la nueva Roma cristiana que traería su reinado. La mejor manera de glorificar al Altísimo para que le concediera el don de un hijo no era otra que la de aunar el pasado imperial con la verdadera religión, con la verdadera fe. Ese era el símbolo que necesitaba, el viejo y el nuevo mundo unidos para formar un nuevo comienzo, un nuevo amanecer. Sólo eso complacería lo suficiente a Dios como para que le concediera el don de un hijo.
Cada noche buscaba entre las sombras la inspiración divina, una señal del Señor que le mostrara el camino. Y, sin embargo, el cielo mantenía su mutismo.
A través de la ventana la oscuridad parecía engullirlo todo. Las únicas luces que se mostraban ante sus ojos eran las de la casa de las lámparas, el almacén de seda del palacio, donde los braseros nunca se apagaban.
Una trémula plegaria surgió de los labios de Justiniano, una súplica. Como cada noche, rezó al Creador para que le iluminara.
Cuando aquella vez recibió una respuesta apenas podía creerlo.
Una estrella se deslizó por el cielo, elevándose por encima de la gran basílica de Santa Sofía, descendiendo directamente sobre la iglesia hasta desaparecer en un estallido de luz. Dios por fin le indicaba el camino. Bastó un parpadeo para que Justiniano comprendiera lo que debía hacer. El fuego del Señor sería su guía, y del fuego surgiría su legado.
Cayendo de rodillas, el emperador elevó sus ojos hacia el cielo, para después depositar su mirada en Santa Sofía, preguntándose de qué manera el Altísimo estaría disponiendo las piezas para ayudar a su siervo a cumplir con sus designios.
Salvador Felip
sábado, 1 de agosto de 2009
Septiembre
Hola a todos, y buenas vacaciones a los que os vais en Agosto, así como buena vuelta al trabajo a los que ya volvemos :(
Septiembre es el mes en el que pienso finalizar Nueva Roma. Le he dado un buen empujón durante este mes de julio y ya tengo escrito el 75% del libro.
He cambiado algunas cosas, lo que me ha retrasado un poco, pero creo que era necesario para darle algo más de fluidez a la trama. Lo malo es que he tenido que retomar la investigación en algunos puntos (una vez más). A veces me da la sensación de que estoy escribiendo la historia interminable, pero todo llegará...
Estoy pensando insertar una entrada con el prólogo del libro, así tendré la posibilidad de recabar vuestros comentarios antes de que vea la luz.
Un saludo a todos
Salvador Felip
Septiembre es el mes en el que pienso finalizar Nueva Roma. Le he dado un buen empujón durante este mes de julio y ya tengo escrito el 75% del libro.
He cambiado algunas cosas, lo que me ha retrasado un poco, pero creo que era necesario para darle algo más de fluidez a la trama. Lo malo es que he tenido que retomar la investigación en algunos puntos (una vez más). A veces me da la sensación de que estoy escribiendo la historia interminable, pero todo llegará...
Estoy pensando insertar una entrada con el prólogo del libro, así tendré la posibilidad de recabar vuestros comentarios antes de que vea la luz.
Un saludo a todos
Salvador Felip
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