Hola a todos,
Finalizado el periodo expansivo de Justiniano, Gibbons vio los siguientes siglos como una continua decadencia del imperio romano de oriente, como una mera cuesta abajo de Bizancio, salpicada por un puñado de pequeños picos en los que parecía que el otrora glorioso imperio trataba de recuperar su esplendor.
Sin embargo, la realidad es bastante más compleja que esa visión. Sí que es cierto que, a diferencia de otros imperios o reinos en esas mismas épocas, Bizancio daba la impresión de estar continuamente a la defensiva, de dejarse llevar por la inercia. Pero era una táctica bien calculada, de hecho, lo suficientemente buena como para permitir a Bizancio ser una potencia de primer orden durante 700 años y sobrevivir casi un milenio.
Ya en el siglo VII, el imperio había excedido con mucho la capacidad de sus recursos militares y económicos. Frente a árabes, eslavos, lombardos, búlgaros, ávaros e infinidad de otros pueblos, Bizancio apenas podía situar en el campo de batalla una fración del potencial militar de antaño. Uno a uno, cada enemigo era formidable, pero batirlos a todos a la vez era imposible. Por ello, los manuales militares bizantinos hasta el siglo XI proclaman a lo largo de sus líneas la necesidad de vencer sin luchar.
La primera línea de defensa del imperio no era militar, sino diplomática. La inteligencia no sólo proporcionaba información vital para alertar de las amenazas que se cernían sobre Bizancio, sino que permitía lanzar a un pueblo contra otro, retrasar una guerra hasta que otra hubiera finalizado y se liberara un frente o cambiar por oro unos años de paz. Era retrasar lo inevitable, pero proporcionaba tiempo.
Por otro lado, cuando el conflicto comenzaba, los generales bizantinos eludían las batallas, confiando en que el trabajo se facilitara con las condiciones del terreno, las enfermedades, el hostigamiento o las emboscadas. En un imperio menguante, encontrar reclutas era cada vez más complicado, por lo que las batallas campales suponían pérdidas difíciles de reemplazar. Lo mejor era evitarlas siempre que fuera posible.
En cualquier caso, si bien es cierto que este enfoque defensivo dio buenos resultados, muchos consideran que únicamente sirvió para prolongar la agonía, que Bizancio, pese a que, nominalmente, aún seguía reclamando los territorios perdidos mucho tiempo atrás, no sólo no logró enfocar sus recursos hacia su recuperación, sino que careció de la voluntad de lograrlo, lo cual fue un error fatal. Como ejemplo, se incide en el reinado de Basilio II, el Matador de Búlgaros, capaz de recuperar los Balcanes y de derrotar de manera decisiva a uno de los mayores enemigos del imperio sin desatender la defensa de otros territorios.
Si bien es cierto que una sucesión de buenos emperadores hubiera cambiado la historia, la realidad era que Constantinopla era el centro de una red de intrigas y que, por desgracia, no era el más capaz el que solía vestir la púrpura, sino el que disponía de los mejores contactos. Con eso en mente, una estrategia de guerras agresivas bajo el mando de emperadores inútiles sólo hubiera acelerado la destrucción de Bizancio. Por ello, es probable que fuera esa estrategia de defensa a ultranza la que garantizó que Constantinopla no se perdiera hasta mil años después que su predecesora, Roma.
En las condiciones en las que estaban, rodeados de enemigos y aquejados de una inacabable lucha de facciones internas, la defensa y la diplomacia eran las opciones más lógicas. ¿Por qué será entonces que, aún sabiéndolo, todos tenemos en mente el desesperado final de la antigua Roma? ¿Qué poder tiene esa imagen de las últimas legiones combatiendo entre la nieve frente al Rhin, sabiendo que no podían ganar y, aún así, firmes?
Aquellos que pierden luchando hasta el último aliento ejercen una extraña atracción. Tal vez sea eso lo que le falta a Bizancio para ser estudiado como se merece en los libros de historia. Al igual que le pasó a Cartago después de Anibal, Bizancio parece desvanecerse tras el reinado de Justiniano. Es posible que, de haber sabido cuál sería su final, los bizantinos hubieran preferido un imperio más corto pero cuajado de gloria, gloria ganada a golpe de acero y sangre en los campos de batalla.
Un saludo